jueves, 8 de enero de 2009

María, el Carpintero y el Niño

María, el Carpintero y el Niño

“Querida Virgen María:

Esta carta es para que me perdones todo lo que he escrito de Ti y del Niño y de San José, en este libro. Toda la culpa la tienen los Evangelistas (y que ellos también me perdonen), por haber escrito tan pocas cosas de tu vida. Nosotros hubiéramos querido saber muchas más cosas de Ti. Nos hubiera gustado saber cómo vivían en Belén, en Egipto, en Nazaret, en Jerusalén; dónde tenían puesto el arcón, la mesa y los tiestos con flores; qué distancia tenías que recorrer para ir al lavadero, cuánto te costaba el litro de aceite y qué cena les diste a los Reyes Magos.

Hubiéremos querido saber mil y mil detalles de tu vida, cuantos más, mejor. A fuerza de verte metida en las hornacinas de los altares, es fácil que nos olvidemos de que, en este mundo, viviste veinticuatro horas al día como una mujer sencilla y encantadora, entre pucheros, escobas, vecinas, barro, sol, cansancio, canciones, preocupaciones domésticas, tertulias y el abundante aserrín del taller de José. Es estupendo que, siendo Madre de Dios, hayas vivido en este mundo una vida como la nuestra. Es magnífico saber que eres una de nosotros. Por esto hemos meditado imaginado miles de veces lo que harías o lo que dirías en ésta y en la otra ocasión de tu maravillosa vida oculta.

Este libro es una de esas fantasías en la que te hemos imaginado a nuestra manera en aquellos días de tu vida mortal que, por otra parte, fueron tan reales y, por eso mismo, tan maravillosos. Por eso hemos redactado este apócrifo de tu vida. Un apócrifo al revés. Porque, los primitivos apócrifos, llenaron los huecos evangélicos con milagrería y maravillosismo. Nosotros hemos querido llenarlos con lo contrario: con humanismo. Con ese humanismo que es lo más amable y, a la vez, lo más realmente maravilloso que procede del misterio de la Encarnación: Que el Verbo de Dios se haya hecho carne y haya vivido entre nosotros. Y que Tú, la Madre de Dios, hayas vivido también «como nosotros».

Gracias, Virgen María. Perdóname si he escrito alguna tontería; que sí las habré escrito, y bastantes. A José, que me perdone (que sí me perdonará), si alguna vez le trato con demasiada confianza. Tú, ya sé que me perdonas, y el Niño también. Mis respetuosos saludos a José y un beso al Niño.
Pedro María Iraolagoitia

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